Las locas aventuras de Fura (el ultimo macarra sentimental)
Cuentos y relatos para no dañar las neuronas propias ni ajenas. Total...nadie me va a creer!!

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ALEGORIA

ALEGORIA DE LO INEVITABLE
(El poder del destino)


Al despertar aquella mañana, me dolían hasta las ideas. No tenía una noción clara de dónde estaba. Era desde luego una habitación sucia, con las paredes pintadas de un color azul celeste que dejaba entrever ocasionalmente las capas de otros colores que le habían precedido. El calor era sofocante por la humedad del ambiente, y no se calmaba por el lento girar del ventilador del techo, cuya sombra se proyectaba huidiza a mis edematizados ojos. En una esquina reinaba una pequeña lagartija de vivos colores, que vigilaba con atención y curiosidad mis torpes movimientos. No sabía cuanto tiempo llevaba allí, pero a juzgar por lo que rascaba mi barba, podría decir que unos tres días por lo menos.
Mientras intentaba aclarar mis ideas y aliviar mi dolor de cabeza, me senté pesadamente en el destartalado camastro y encendí uno de los últimos cigarrillos que me quedaban en la cajetilla; esparcí una bocanada de humo por la habitación que, además de cutre y sucia, tenía un característico olor a sexo, alcohol y a mar. Ya conseguía recobrar los recuerdos poco a poco. Estaba en el puerto de Veracruz, en el Caribe mexicano; y sí, hacía varios días que habíamos arribado. Hasta allí me habían llevado mi barco, un petrolero de gran tonelaje, y mi deseo de engañar a la memoria; pero infelizmente volvía a descubrir que la presencia de Ella seguía viva en mi mente, su olor en mi cuerpo y sus caricias en mi alma. Era incapaz de arrancarla de mí aún después de los años transcurridos desde que me abandonara. Y eso que había intentado de todo.
Estábamos cargando crudo y esperando algunas piezas de repuesto que le había pedido al capitán; mi trabajo como jefe de máquinas carecía de interés al llegar a puerto, así que no estaba dispuesto a aguantar un minuto más a los remilgados oficiales de puente, correctamente vestidos siempre, pero incapaces de cambiar una simple bombilla por sí mismos; realmente detestaba el comedor de oficiales, y con frecuencia comía con la tripulación o me hacía bajar la comida a la misma sala de máquinas. Reconozco que me había vuelto huraño y con escasas ganas de conversación. Así que, en cuanto llegamos a Veracruz, avisé de mi salida a tierra, y con mi chaqueta de lino por todo equipaje me dirigí al malecón y entré en un garito llamado “El pirata”, donde el encargado ya me conocía de otras ocasiones. Era un tipo vulgar, con el brillo de unos ojos que detectan por igual la llegada de los amigos y de los dólares; la escasez del bigote contrastaba con la abundancia de sonrisa y de barriga, donde la grasienta camiseta de asas a duras penas conseguía mantenerse por dentro de un pantalón con el botón obligatoriamente desabrochado y apoyado en la hebilla. Después de saludarlo con desgana, media botella de tequila y una tal Rosita condujeron mis huesos hasta esta habitación. Tres días desayunando, comiendo y cenando amor con tequila hicieron el resto, y me llevaron al agotamiento hormonal; ya no me quedaba un solo espermatozoide disponible. Así que me levanté pesadamente y dirigí mis titubeantes pasos hacia el cuarto de baño; al abrir la puerta me encontré dentro a la tal Rosita, lavándose cuidadosamente los genitales. Hice una pregunta tonta, “¿qué haces aquí, pinche vieja?”; ella respondió cándidamente, “Nomás preparándote el desayuno, cabrón”.
Eso ya era demasiado para mi cuerpo, así que salí pesadamente de aquel antro y dirigí mis pasos hacia el Café La Parroquia, distante escasamente dos manzanas, a tomar un buen desayuno de huevos revueltos con chipotle, café de Jalapa con leche de de vacas de rancho y abundante fruta fresca con sal y chile en polvo para reponer mis mermadas fuerzas. Siempre me había gustado el ambiente de aquel café, invariablemente lleno a rebosar por los precios populares y por tanto con la mezcla de personas de todas las condiciones e intereses; te sentaras donde te sentaras, siempre tenías buena vista al paseo del puerto, y acceso visual al ir y venir sin cesar de la gente. Era lo más parecido a la democracia que había visto en aquel país. Pero aquel día no tenía ganas de ninguna clase de sociología aplicada, así que pagué enseguida, y me puse la arrugada chaqueta de lino por encima de la camiseta –en otro tiempo blanca, y que ahora acusaba los efectos del sudor y del tiempo en sus fibras- y me dirigí pausadamente hasta el zócalo, donde el bullicio cotidiano me devolvió a la realidad. Compré unos puritos hechos a mano en una fábrica local, y me senté a fumarme uno de ellos en un banco decorado con baldosas pintadas de colores chillones, mientras dejaba que el café ascendiese hasta mis neuronas para despertarlas de su letargo. La nicotina tiene la curiosa facultad de calmar mis cefaleas y mitigar mis resacas, así que al cabo de poco tiempo ya me sentía en condiciones de regresar al barco. Ya no comería; simplemente dormiría una larga siesta hasta la cena, momento en que la temperatura bajaría lo suficiente como para permitirme un paseo por cubierta. A estas alturas ya habrían llegado las piezas de repuesto, pero no sería hasta mañana cuando comenzase los trabajos de reparación; ¡que carajo!; habían sido dos meses navegando mares sin tocar puerto, con el recuerdo de aquella mujer martilleando sin cesar en mi alma y sin el alivio de una buena borrachera que aliviara mi pena y facilitase mi olvido, porque ya ni dormido conseguía olvidarla, y su evocación me perseguía hasta en los sueños; tanto la había amado. Pero yo seguía siendo un buen profesional y nunca mis hombres me verían bebido en mi turno de trabajo, así que tenía que permitir que la pena se comiese poco a poco mis entrañas. Pero en este caso, bien podía el imbécil del capitán esperar un día más a que yo recuperase las fuerzas; decidido.
Cuando llegué a la nave, subí lentamente la escalinata y saludé de mala gana a la marinería y al primer oficial de puente (otro perfecto cretino como el capitán) que no acertaba a imaginar qué podría haberme pasado en tierra, a juzgar por las risitas que soltaba el muy idiota cuando le di la espalda. Continué por los pasillos inferiores que daban acceso a la sala de máquinas y antes de llegar a mi camarote, recordé que aquel era el día de mi cumpleaños; ahora tendría que aguantar las felicitaciones de todo el mundo; ni hablar; pediría que me bajasen la cena. Entré enseguida en el amplio habitáculo que correspondía a la categoría de quien era la segunda autoridad a bordo, y me tumbé pesadamente en mi camastro. No tuve tiempo a más, porque enseguida pude oír unos ruidos metálicos en mi puerta que indicaban que había sido bloqueada desde fuera. Cuando ya me disponía a buscar entre mis bártulos una herramienta capaz de liberarme y tomar cumplida venganza, sonó repetidamente mi intercomunicador. Lo descolgué desconfiado y pude escuchar unas voces fantasmales que cantaban a coro el “cumpleaños feliz”; ¡¡ mecagoenlamadrequelosparió, cachondeos a mí !!; estaba realmente furioso, y para colmo se oyó la voz del subnormal del capitán: “felicidades de parte de todos; te hemos preparado una sorpresa por tu cumpleaños; esperamos que la disfrutes; no abriremos la puerta hasta dentro de veinticuatro horas, y eso siempre que te portes bien; confiamos en que saborees tu regalo”. No tuve tiempo de pensar en él, porque pronto descubrí el pequeño árbol que me acompañaba en mis viajes decorado con un enorme lazo rosa, al igual que mi fiel camaleón Tony, el más eficiente y barato antimosquitos, al que también le habían colocado otro lazo rosa al cuello, y que estaba escondido entre las ramas del arbolito, supongo que de vergüenza por el oprobio a que había sido sometido. Aquello ya era definitivamente serio; de la mala leche que tenía, habían conseguido incluso curarme la resaca. En cuanto nos encontrásemos en alta mar, hundiría el petrolero con todos los mamones del puente dentro; ¡¡ por éstas ¡!; sólo salvaría al personal de máquinas. Pero no se acababan ahí las malas noticias; casi como no queriendo, miré hacia mi sillón giratorio, que al darse la vuelta mostró con las piernas entreabiertas y en todo su esplendor a mi vieja amiga Rosita. Ella era mi sorpresa de cumpleaños. No pude evitar desmayarme sin pronunciar una sola palabra.
Al día siguiente desperté sólo en el camarote, sin fuerzas y con la moral por los suelos. Ni siquiera aquel incidente me hacía olvidar a la mujer que hace unos años había destrozado mi vida con su simple ausencia. Pero aquella era la gota que colmó el vaso. No podía seguir embarcado por más tiempo; estaba seguro que acabaría por enloquecer y estallar, y temía poner en peligro a los demás por alguna negligencia en altamar. Decidí abandonar mi vida de marino para siempre, y dejé el barco para quedarme definitivamente en aquella tórrida ciudad hasta el fin de mi vida, que confiaba fuera breve. Busqué un pequeño alojamiento, y comencé la cuenta atrás de mi existencia atormentada; decidí malgastarla lo más rápidamente posible a base de orgías continuas. Así, mi vida transcurría entre alcohol, mujeres y tabaco a partes desiguales, confundiendo noche y día, fantasía y realidad, entre el calor de la tierra jarocha y la intensa humedad del mar caribe. La desesperación había quitado el freno a mi existencia cuando estaba en la cuesta abajo de mi depresión; y ya nada me importaba, ya nada quería tener que no fuese su recuerdo; de nada habían servido los intentos de mis amigos; yo seguía aletargado desde que la había perdido para siempre, y nada ni nadie podría reparar su ausencia.
Con los meses, me convertí en la sombra de lo que un tiempo fue un hombre alegre y sencillo. Me transformé en un mal bicho, agresivo y pendenciero, de mirada hostil y ceño fruncido. No era capaz de recordar ya mi última sonrisa en la vida; y es que no había vivido en los últimos dos años, únicamente había quemado etapas hasta consumirme casi totalmente. Llegados a este extremo, había decidido que prefería mil veces la muerte a una vida cada vez más miserable. Y con mi penúltimo aliento y mi último gramo de dignidad, decidí poner fin a mi triste situación. Determiné recibir el frío beso de la muerte, para que me condujese de su mano hacia el sueño infinito, donde esperaba encontrar la paz que ahora se me negaba. Y escogí el lugar: la Barra de Boca del Río, a orillas de la desembocadura del río Jamapa, en la parte más costera de las llanuras de sotavento. Y elegí la mejor manera de llevar a cabo mi propósito: moriría de amor; sí, de amor en sentido literal; porque con los últimos billetes que me quedaban contraté a una reputada ninfómana local para mi empeño. Ella sería mi verdugo, y emplearía para mi ejecución la fría hacha del sexo.
Y fue así como un lunes, el día de los desesperados, al atardecer, comenzó la lenta ejecución que pondría fin a mis penurias. Nos dirigimos pausadamente hasta un bosquecillo de chicozapotes, caobas y puctés, cuyo borde estaba bañado por el río; era el hogar, entre otros, de armadillos y tlacuaches, que caminaban lentamente entre la vegetación. Allí, en un pequeño claro bendecido por la brisa del mar, colgamos la hamaca que nos serviría de lecho. Comimos abundantes camarones con limón y picante, y regamos nuestra desnudez de vez en cuando con agua limpia y fresca del río. Acompañamos el marisco con el mejor tequila reposado de que disponía; cuando ya no quedaba nada más por comer, bebí de un golpe lo que de licor quedaba en la botella, acompañando a varias pastillas de viagra, y , entremezclando apasionadamente las epidermis sudorosas, una y otra vez complací a aquella ninfa desbocada por el deseo. Lentamente fui perdiendo el conocimiento del mundo y de mí mismo mientras las estrellas se adueñaban poco a poco del cielo y anunciaban la noche. Una plácida y dulce nube se instaló en lo más profundo de mi hipotálamo, extendiéndose poco a poco al resto de mi cerebro, y desde allí, a todos los rincones de mi cuerpo. Desfallecía lentamente, sin dolor, sin miedo. Sentí como se producía en mi corazón la última sístole, y luego ya no hubo diástole, y exhalé plácidamente mi último aliento, mientras en mi nublada vista aparecía la figura de la que siempre había amado.

F I N



		

Na Corunha
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anochecer en el mar

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