Las locas aventuras de Fura (el ultimo macarra sentimental)
Cuentos y relatos para no dañar las neuronas propias ni ajenas. Total...nadie me va a creer!!

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Nunca dejamos de ser niños



Necesitaba pensar, y la mañana se prestaba a ello. Me fui al parque a meditar, porque nunca es tarde si las dudas merecen la pena. Compré una bolsa de maices y me senté con un pie apoyado en el banco, como siempre suelo hacer. Afiné la puntería, calculando con precisión balística, y comencé a lanzar los granos de uno en uno a la papelera de enfrente.

Los que caían dentro hacían un ruidito gracioso y acto seguido eran comidos por los gorriones. Los que caían fuera se los comían las palomas, antes incluso de que pudieran hacer ruido. A los pocos minutos, tenía ya un equipo completo de palomas y gorriones, a los que adjudicaba un número. Se trataba de encestar el mayor número posible, y al mismo tiempo llevar la cuenta de cuántos se habían comido cada animalito. Parece fácil, pero es complicadísimo, porque al mismo tiempo tenía que pensar en el tema que me había llevado al parque de Mendez-Nuñez. Si os parece fácil, podeis intentarlo algún día.

El caso es que hace unas semanas se me acercaron, además de los equipos de aves habituales, dos señores muy mayores y se sentaron conmigo. Estaban extasiados con el jolgorio de los pájaros y con mi concentración en el ejercicio. Me preguntaron enseguida en qué consistía el juego. Les chispeaban los ojos cuando les expliqué las reglas del juego, así que les invité a jugar. Cambié mis meditaciones por una buena conversación con ellos, y pasamos una hora fantástica. Hasta lo que duró la bolsa grande de maicitos.

Desde entonces, cada mañana que paso por el parque (sin faltar una) puedo ver a una legión de viejecitos jugando con las aves. Creo que incluso han empezado a apostarse los vinos. Pero son felices. Y los son porque han dejado salir el niño que cada uno llevamos dentro.

Desde muy pequeños, los adultos se empeñan en que crezcamos. Y nosotros crecemos y enterramos en capas de seriedad el niño feliz y lúdico que nunca deberíamos dejar de ser. Y esas capas, poco a poco se convierten en costras cada vez más difíciles de escarbar, que ahogan la esencia de la infancia: el juego, la curiosidad, el desenfado, el amor por la vida sin esperar a que ésta te corresponda. Y nos volvemos aburridos. La prueba es que los niños prefieren otros niños para jugar.

Pero el infante deseoso de descubrir la vida, de saborear el momento antes de que se derrita como un helado en su cucurucho, sobrevive a pesar de todo. Y nunca dejamos de ser niños. Aprovechamos la menor oportunidad que nos surge. Porque nunca dejamos de ser niños.

Y, si alguien lo duda, se puede dar una vuelta por el parque cualquier mañana y, si sus ojos tienen el brillo que sólo el entusiasmo puede proporcionar, podrá jugar con los viejos a encestar maices.

Como mucho le costará unos vinos. Porque ni yo he conseguido ganar aún a los viejecitos. Y es que juegan como niños. SON niños.

2003-09-15 | Lo dice PaCotilla a las 04:08 | 0 Comentarios | #

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