Las locas aventuras de Fura (el ultimo macarra sentimental)
Cuentos y relatos para no dañar las neuronas propias ni ajenas. Total...nadie me va a creer!!

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La vera historia de Cristóbal Colón e San Fura





Monasterio de Poio, año del señor de 1509

E menester antes de dar inicio a esta historia, facer comentarios no baladìs a los que, por ignorancia o por lejanía, desconozcan los tales hechos acerca de los viajes del descubrimiento del nuevo mundo por parte del mi señor Almirante Dn. Cristobal Colòn. La primera de las cuestiones faz referencia al su orìgen e nascimiento, pues no ha lugar a controversias posteriores que sitúan la su cuna en la italiana Genoa; la secunda faz referencia a la fecha de nascimiento, e non dejaré lugar a dudas, pues que fue en 1451 selo yo mesmo de primum manum e con conescemiento fiel de causa, y sábenlo todos los ilustrados y gentes del comùn de esta orilla del ocèano de los Atlantes llamada Ponte Veteris. Fue así que tuvo lugar el nascimiento del Almirante Colòn en el puerto de Baiona, en el año del Señor de mil cuatrocientos cinquenta y uno, bautizado desta guisa en honor de San Cristobal, cuia advocaciòn era grande entre los sus padres, buenas gentes dedicadas al comercio maritimo. E sé la tal cuestiòn por los años de convivencia e por haber tenido aquel una larga relaciòn de concupiscencia con una de las mis primas, la menos agraciada por cierto, quien puso en mi conocimiento los hechos tales.

Corrìa el año del señor de mil quinientos y dos, cuando me hallaba en Baiona en descanso de mis recientes viajes por los anchos mares, ya que era el mi oficio contramaestre. Por aquel entonces el Almirante Colòn seguía convencido de haber llegado en los sus anteriores viajes atlànticos a las lejanas costas de las Indias e de Asia; fue por tal convencemento (e por el de los reyes Isabel e Fernando, nuestros señores) que planificò en compañia de su hijo Dn. Diego Colòn, que por aquel entonces contaba veinte y tres años de edad (e una buena dòsis de avaricia e afàn de conquistas de tierras , que con el tiempo habrìan de llevarle a ostentar los tìtulos de Almirante, Gobernador de las Indias e posteriromente Virrey). Era el su hijo, al contrario que el padre, un hombre poco escrupuloso e con menor paciencia. Fue asì pues, al necesitar con urgencia un contramaestre para el su cuarto viaje, que facendo la aquella urgencia de mi mesmo un bien necesario y escaso (puesto que era el unico disponible en el mencionado puerto de Baiona), e facendo yo omisiòn de los sus ruegos a causa de mis escasas ganas de aventuras e de mis muchos deseos de descanso, lo que llevò a urdir a aquel malvado hijo de su buen padre un astuto ardid para forzar la mi voluntad.



... E así fue como provocáronme unos marinos Ingleses, por Colòn hijo bien pagados, con la excusa de la disputa por una no se cual dama, de cuya reputaciòn (mala) nadie dudaba; no pude rehusar aquella pelea por mi no iniciada, e dada mi bien ganada fama de mujeriego e pendenciero, no dudaron los hijos del Imperio Britanico en denunciarme ante las autoridades civiles e ante la inquisiciòn como provocador de los hechos tales. Ajeno yo a lo que en torno mio se urdìa, acudì al tribunal mixto, formado al tal efecto, convencido de la declaraciòn de mi inocencia. ¡¡Vive Dios que no hubo tal!!, e para cuando descubrì mi embaucamiento, ya sòlo tenìa dos opciones: una larga temporada en los calabozos del castillo Real o enrolarme "voluntariamente" en el cuarto viaje a las Indias. Tardè en tomar la decisiòn lo que una lucièrnaga en apagar su luz cuando se acerca un murcièlago. Me despedì de la mi familia e de la mi novia en aquel puerto, e subì a bordo de la bien pertechada caravela maldiciendo la mi mala suerte, e prometiendo venganza de los Ingleses, de los Curas e de la Marina de Castilla.

Puesto que la travesía e las condiciones del Océano vasto eran ya bien conocidas de los anteriores viajes, se hizo corta la distancia, animada ademàs por mis deseos de venganza. Pasamos por las pequeñas Antillas, por Puerto Rico, más tarde por las Gandes antillas e a partir de aquì dirigimos la nave más hacia el sur, en busca de tierras desconocidas. Hallàmoslas a la tercera semana de travesìa, estando en total creencia nuestro Almirante de que se trataba de las tierras del Quersoneso de Oro (SE de Asia). Estaba yo convencido por mi parte de que aquellas tierras no correspondìan a parte alguna de las Indias, pero era menester, dada mi situaciòn, mantener por el momento en el silencio las mis ideas (posteriormente habría de llamarse a aquellas tierras Costa Rica, por su abundancia e más exuberancia). El litoral era bajo, arenoso e poco profundo, casi rectilìneo, con numerosas lagunas, en una de las cuales anclamos la nave. Vivìan en aquestas orillas las gentes de un pueblo que hacíase llamar Boruca. Eran aquellos habitantes agricultores e artesanos, e puesto que la misiòn que nos guiaba era descubrir e non conquistar, nos recibieron en paz e con la mucha sorpresa e curiosidad reflejada en sus rostros. Fueron bautizadas aquellas nuevas posesiones reales como Nueva Cartago.
Prolongose nuestra estancia màs de lo esperado debido a las riquezas de todo tipo de aquel mundo e a la necesidad de cartografiar aquellas maravillosas orillas. Alcanzamos, un poco màs al norte, unas costas llenas de mosquitos e otras alimañas, que junto con la dificultad de los enormes pantanos diezmaron buena parte de nuestra tripulaciòn. Ni siquiera fuimos capaces de tener contacto con quienes pudieran malamente habitar aquella parte del infierno encarnada en espesa selva (*con el tiempo la llamarìan Belize). Marcamos bien en el mapa aquella deplorable zona al norte de Nueva Cartago para que ningùn buen cristiano volviese a perecer allì por culpa del desconocemento de los peligros que entrañaba. Yo mesmo guardè copias de aquellas cartografìas.

Llevàbamos en esas nuevas tierras ya màs de un año, e ya habìa comenzado yo a olvidar el reino de Galaecia, mi nombre ( El FURA me llamaban) y hasta los santos de la Santa Madre Eclesia. El hastìo y el olvido habíanme hecho descuidar mi aspecto, luciendo mi cara una frondosa barba con incipiente canosidad. Moviò la curiosidad por mi pelo a acercarse a una bella muchacha aborìgen, con quien en poco tiempo establecì amistad y relaciòn no precisamente espiritual, lo cual fueme acercando poco a poco a aquellas humildes e hospitalarias gentes, de tal modo que me iniciè en el conecemento de su cultura y me gane el su respeto. De aquesta manera, eran raras las ocasiones en que estaba con los hombres de Colon e mucho maior el tiempo que permanecìa con los nativos. Pareciole bien esta circunstancia al Almirante, pero no asì a su hijo e a Dn. Gonzalo de Tuy, capitan de las fuerzas militares de la nave. Era, este ùltimo, un hombre aùn màs pendenciero que yo, reclutado por su capacidad de mantener unidas las fuerzas a su mando con la ayuda de su caracter despiadado. Fuera por su obsesiòn o por su caracter, pareciole que mi conducta era peligrosa e un mal ejemplo para los demàs hombres de la nave, e durante una de las mis escasas ausencia del pueblo, pasò por las armas sin pedad al jefe de aquella gente e más a toda la familia de la muchacha que conmigo compartiò por tan breve tiempo su vida.
No ha menester comentar la angustia, la vergüenza e más el deseo de venganza que fizo presa en mi alma doliente. Poseído por la justificada furia, acudì a mi señor el Almirante para pedir justicia, la cual, por su cargo, correspondìa ejercerla a su hijo Dn. Diego; no era otra mi peticiòn que la de batirme en duelo con aquellos despiadados que al mando de Dn. Gonzalo de Tuy habíanme partido el corazòn e la vida. Pero no estaba el frío hijo del buen almirante por perder una sola vida de su tripulaciòn por causa de un altercado con indìgenas que ni siquiera formaban parte de la cristiandad. Fueron asì, al mismo tiempo, denegada la mi peticiòn e más heridos mi orgullo e la mi dignidad de hombre, por lo que decidì, contra la voluntad de Dios, tomar venganza por propia mano.

Hice tal cosa sin el menor sentimiento de piedad con aquellos depravados hombres, arrojando luego sus cuerpos a la laguna junto con sus armaduras. Fui luego hasta el poblado, e tras de llorar a los muertos e a la mujer que había amado, siguiendo sus costumbres e tradiciones incinerámosla e arrojè las sus cenizas a uno de los màs bellos lagos cubierto por nenùfares e con abundancia de orquìdeas en sus orillas. Eran pasados los cuatro dìas de mi cumpleaños e pasados otros dos del dìa de San Lorenzo, aquel en que sus làgrimas asomaban en el cielo. Pero no fue hasta dos más tarde en que miles de estrellas fugaces iluminaron por fin la bóveda celeste. E ya por siempre aparecieron dos dìas después de San Lorenzo, por designio divino o de la naturaleza, que ya no sabìa yo si eran la mesma cosa, e ablandò de paso dicho designio el corazòn del Almirante Colon, quien, en cuanto tuvo conocemiento de la injusticia impartida, decidiò perdonar la mi acciòn, embarcándome en Haitì en el barco de provisiones con destino a España.




Sabiendo del destino cierto del que serìa presa a mi llegada (la muerte tras consejo de guerra sumarìsimo), otorgome el buen almirante una carta del su puño e letra para mi señora la Reina, en la que le relataba que el tal Fura habìa sido encontrado muerto en las nuevas tierras e que yo era el portador de esa e otras màs noticias que eran de su real interès, presentàndome en la mesma como Fernando de la Guardia, e luego encomendandome a sus cuidados, pidiendo para mi persona recompensa por la parte que me correspondìa por el descubrimiento de nuevas tierras, ya que el mesmo tardarìa seis meses màs en llegar para rendir cuentas a los reyes de Castilla.
Durante el viaje habìa decidido que puesto que ya me habia vengado de la Milicia, ahora lo farìa de la Iglesia e de los Britanicos, tal e como a mi partida me había prometido en firme. Asì pues, relatè a la Reina los avatares del buen Fura, pero ligeramente (por así decirlo) tergiversados por mi mesmo, de manera tal que la Reina, profundamente conmovida por el mi relato imaginario e fantàstico, promoviò ella mesma el proceso de canonizaciòn de FURA ante el Obispo de Valladolid. Las principales causas en la canonizaciòn e más elevaciòn a los altares fueron:
--el uso de las armas para la defensa e salvaguarda de la honra de una nativa, junto con unos compañeros muertos en tales hechos.
--el que al enterrarlos al lado de una laguna crecieran misteriosamente cientos de neùfares e flores maravillosas varias.
--Que tras arrepentimiento por el uso de las armas, había estado rezando dos dìas seguidos, durante los cuales no hubo la acostumbrada lluvia de estrellas en el horizonte, hasta que puso fin al su rezo.
--Que en concluyendo sus oraciones fue encontrado muerto por la pena de sus pecados, e que dado que no se le había conocido relaciòn carnal, podìa ser considerado virgen y martir..

Asì pues, entretejida aquella patraña, por no contradecir a nuestra señora la Reina de Castilla, tenìa yo la absoluta seguridad que los doctores de la Iglesia dictaminarìan, como asì fue, la elevaciòn a los altares de San Fura Inmaculado, Virgen y Martir. E desta manera, conseguìa yo venganza de lo Curia, colando en su santoral al patròn de los Pendencieros. Aùn hoy rìome cuando mi cerebro recuerda los tales hechos.
Ya solamente me quedaba dar parte al embajador del rey de Inglaterra del hallazgo, al norte de Nueva Cartago, de los indicios abundantes de oro e piedras preciosas, que no deberìan dejar mas tiempo en manos españolas. ¡¡Cuantos buenos Ingleses habìan de morir en el intento de controlar aquellas tierras llenas de pantanos e de mosquitos!!. E de seguro que luego seguirìan allì por cabezonería durante séculos. Costóme controlar la risa al salir de la casa del embajador británico. La venganza estaba ahora pues completada.

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El abad del Monasterio de Poio riòse a carcajadas, e luego, tras de secarse las lágrimas producidas por la risa en su rostro, díjome: "Bueno, bueno, Fura...Ego te Absolvo...con la conditio de que te alejes lo màs posible del mi monasterio....non vaya a acontecer que me revoluciones el claustro" E después de despedirse con un abrazo fraternal, alejòse de la iglesia riendo el solo e meneando la cabeza con incredulidad.
No hay nada como una cristiana confesión para sentirse sin el peso de los pecados, e poder volver nuevamente a estar en disposición de pecar para ser nuevamente perdonado, e asì sucesivamente. Gran religiòn la cristiana; en otras confesiones, por los mis hechos me hubieran lapidado, crucificado o flagelado; en cambio, a mí solo me había hecho falta un Ego te Absolvo, e ademàs, por ser sagrado secreto, el buen Pater ni siquiera podía contarselo a nadie...Ademàs..¿quien iba a creerle?







2004-04-23 | Lo dice PaCotilla a las 01:00 | 0 Comentarios | #

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