Las locas aventuras de Fura (el ultimo macarra sentimental)
Cuentos y relatos para no dañar las neuronas propias ni ajenas. Total...nadie me va a creer!!

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Alegoría de lo inevitable (II)

Eso ya era demasiado para mi cuerpo, así que salí pesadamente de aquel antro y dirigí mis pasos hacia el Café La Parroquia, distante escasamente dos manzanas, a tomar un buen desayuno de huevos revueltos con chipotle, café de Jalapa con leche de de vacas de rancho y abundante fruta fresca con sal y chile en polvo para reponer mis mermadas fuerzas. Siempre me había gustado el ambiente de aquel café, invariablemente lleno a rebosar por los precios populares y por tanto con la mezcla de personas de todas las condiciones e intereses; te sentaras donde te sentaras, siempre tenías buena vista al paseo del puerto, y acceso visual al ir y venir sin cesar de la gente. Era lo más parecido a la democracia que había visto en aquel país. Pero aquel día no tenía ganas de ninguna clase de sociología aplicada, así que pagué enseguida, y me puse la arrugada chaqueta de lino por encima de la camiseta –en otro tiempo blanca, y que ahora acusaba los efectos del sudor y del tiempo en sus fibras- y me dirigí pausadamente hasta el zócalo, donde el bullicio cotidiano me devolvió a la realidad.

Compré unos puritos hechos a mano en una fábrica local, y me senté a fumarme uno de ellos en un banco decorado con baldosas pintadas de colores chillones, mientras dejaba que el café ascendiese hasta mis neuronas para despertarlas de su letargo. La nicotina tiene la curiosa facultad de calmar mis cefaleas y mitigar mis resacas, así que al cabo de poco tiempo ya me sentía en condiciones de regresar al barco. Ya no comería; simplemente dormiría una larga siesta hasta la cena, momento en que la temperatura bajaría lo suficiente como para permitirme un paseo por cubierta. A estas alturas ya habrían llegado las piezas de repuesto, pero no sería hasta mañana cuando comenzase los trabajos de reparación; ¡que carajo!; habían sido dos meses navegando mares sin tocar puerto, con el recuerdo de aquella mujer martilleando sin cesar en mi alma y sin el alivio de una buena borrachera que aliviara mi pena y facilitase mi olvido, porque ya ni dormido conseguía olvidarla, y su evocación me perseguía hasta en los sueños; tanto la había amado. Pero yo seguía siendo un buen profesional y nunca mis hombres me verían bebido en mi turno de trabajo, así que tenía que permitir que la pena se comiese poco a poco mis entrañas. Pero en este caso, bien podía el imbécil del capitán esperar un día más a que yo recuperase las fuerzas; decidido.

Cuando llegué a la nave, subí lentamente la escalinata y saludé de mala gana a la marinería y al primer oficial de puente (otro perfecto cretino como el capitán) que no acertaba a imaginar qué podría haberme pasado en tierra, a juzgar por las risitas que soltaba el muy idiota cuando le di la espalda. Continué por los pasillos inferiores que daban acceso a la sala de máquinas y antes de llegar a mi camarote, recordé que aquel era el día de mi cumpleaños; ahora tendría que aguantar las felicitaciones de todo el mundo; ni hablar; pediría que me bajasen la cena. Entré enseguida en el amplio habitáculo que correspondía a la categoría de quien era la segunda autoridad a bordo, y me tumbé pesadamente en mi camastro.

No tuve tiempo a más, porque enseguida pude oír unos ruidos metálicos en mi puerta que indicaban que había sido bloqueada desde fuera. Cuando ya me disponía a buscar entre mis bártulos una herramienta capaz de liberarme y tomar cumplida venganza, sonó repetidamente mi intercomunicador. Lo descolgué desconfiado y pude escuchar unas voces fantasmales que cantaban a coro el "cumpleaños feliz"; ¡¡ mecagoenlamadrequelosparió, cachondeos a mí !!; estaba realmente furioso, y para colmo se oyó la voz del subnormal del capitán: felicidades de parte de todos; te hemos preparado una sorpresa por tu cumpleaños; esperamos que la disfrutes; no abriremos la puerta hasta dentro de veinticuatro horas, y eso siempre que te portes bien; confiamos en que saborees tu regalo. No tuve tiempo de pensar en él, porque pronto descubrí el pequeño árbol que me acompañaba en mis viajes decorado con un enorme lazo rosa, al igual que mi fiel camaleón Tony, el más eficiente y barato antimosquitos, al que también le habían colocado otro lazo rosa al cuello, y que estaba escondido entre las ramas del arbolito, supongo que de vergüenza por el oprobio a que había sido sometido.

Aquello ya era definitivamente serio; de la mala leche que tenía, habían conseguido incluso curarme la resaca. En cuanto nos encontrásemos en alta mar, hundiría el petrolero con todos los mamones del puente dentro; ¡¡ por éstas ¡!; sólo salvaría al personal de máquinas. Pero no se acababan ahí las malas noticias; casi como no queriendo, miré hacia mi sillón giratorio, que al darse la vuelta mostró con las piernas entreabiertas y en todo su esplendor a mi vieja amiga Rosita. Ella era mi sorpresa de cumpleaños. No pude evitar desmayarme sin pronunciar una sola palabra.

2003-05-24 | Lo dice PaCotilla a las 22:32 | 4 Comentarios | #

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Comentarios

1
De: Jaio Fecha: 2003-05-25 01:46

Fura... ¡no pares! ¡sigue, sigue!
¿Podrías hacer la letra más grande?... La presbicia, ya sabes...



2
De: Polinesio Fecha: 2003-05-25 02:18

¡Hola!



3
De: Fura Fecha: 2003-05-25 05:55


Aloha Poli......gracias por recibirme en el aereopuerto después de un aterrizaje tan brusco.



4
De: Fura Fecha: 2003-05-25 05:58

Gracias dulce Jaio.....intentaré vencer mi pereza mental, una vez iniciada esta aventura ( a ver que sale de todo esto.....¡como se entere mi madre!.....y mira que le había prometido ser bueno)



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