Las locas aventuras de Fura (el ultimo macarra sentimental)
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Alegoría de lo inevitable (III)


Al día siguiente desperté sólo en el camarote, sin fuerzas y con la moral por los suelos. Ni siquiera aquel incidente me hacía olvidar a la mujer que hace unos años había destrozado mi vida con su simple ausencia. Pero aquella era la gota que colmó el vaso. No podía seguir embarcado por más tiempo; estaba seguro que acabaría por enloquecer y estallar, y temía poner en peligro a los demás por alguna negligencia en altamar. Decidí abandonar mi vida de marino para siempre, y dejé el barco para quedarme definitivamente en aquella tórrida ciudad hasta el fin de mi vida, que confiaba fuera breve. Busqué un pequeño alojamiento, y comencé la cuenta atrás de mi existencia atormentada; decidí malgastarla lo más rápidamente posible a base de orgías continuas. Así, mi vida transcurría entre alcohol, mujeres y tabaco a partes desiguales, confundiendo noche y día, fantasía y realidad, entre el calor de la tierra jarocha y la intensa humedad del mar caribe. La desesperación había quitado el freno a mi existencia cuando estaba en la cuesta abajo de mi depresión; y ya nada me importaba, ya nada quería tener que no fuese su recuerdo; de nada habían servido los intentos de mis amigos; yo seguía aletargado desde que la había perdido para siempre, y nada ni nadie podría reparar su ausencia.
Con los meses, me convertí en la sombra de lo que un tiempo fue un hombre alegre y sencillo. Me transformé en un mal bicho, agresivo y pendenciero, de mirada hostil y ceño fruncido. No era capaz de recordar ya mi última sonrisa en la vida; y es que no había vivido en los últimos dos años, únicamente había quemado etapas hasta consumirme casi totalmente. Llegados a este extremo, había decidido que prefería mil veces la muerte a una vida cada vez más miserable. Y con mi penúltimo aliento y mi último gramo de dignidad, decidí poner fin a mi triste situación. Determiné recibir el frío beso de la muerte, para que me condujese de su mano hacia el sueño infinito, donde esperaba encontrar la paz que ahora se me negaba. Y escogí el lugar: la Barra de Boca del Río, a orillas de la desembocadura del río Jamapa, en la parte más costera de las llanuras de sotavento. Y elegí la mejor manera de llevar a cabo mi propósito: moriría de amor; sí, de amor en sentido literal; porque con los últimos billetes que me quedaban contraté a una reputada ninfómana local para mi empeño. Ella sería mi verdugo, y emplearía para mi ejecución la fría hacha del sexo.

2003-05-25 | Lo dice PaCotilla a las 06:02 | 0 Comentarios | #

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