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Las locas aventuras de Fura (el ultimo macarra sentimental) |
Cuentos y relatos para no dañar las neuronas propias ni ajenas. Total...nadie me va a creer!!
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CUANDO LAS CIES ERAN UN PARAISO
Una noche al calor en el paraíso de las Islas Cíes no tiene precio. Al ritmo de las olas en la hamaca y cubierto por el manto de estrellas, mi espíritu vagaba libre y sin rumbo, al compás de la música de Mark Knoffler que penetraba por los conductos auditivos, provocándome un agradable cosquilleo en los lóbulos temporales, parecido a un vibrador en manos de una solterona. Todos mis sentidos (excepto el sentido común, que lo empeñé de pequeñito) estaban a flor de piel. Me invadió el deseo de darme un baño en las aguas frías y vírgenes del mar, al igual que una hora antes se me había ocurrido subir por el camino grande hasta el faro de la parte más alta de la isla para sentir aún más cerca la brisa del Atlántico. Me deshice del taparrabos que tenía por bañador y me deslicé pausadamente hasta la playa de la pequeña calita; al llegar a ella, comencé a correr a mayor velocidad cada vez, hasta que el agua de mar me detuvo, momento en el que me sumergí unos segundos que me parecieron eternos; recibí la fría sacudida de la brisa al emerger y comencé a reir a carcajadas mientras flotaba y me dejaba acunar por las olas. Cuando meditaba sobre la dura vida de los peces en otoño (o puede que fuese en invierno), escuché primero una voz, tras ella un cuerpo desnudo de mujer que se acercaba y finalmente el chapoteo al zambullirse. Y yo que no tengo mas religión que un cuerpo de mujer (Sabina dixit) me dejé abrazar por aquella sirena; ni qué decir tiene que, al igua que el buen marisco, yo necesitaba una buena temperatura de cocción que de ninguna manera iba a encontrar en aquellas frías aguas, asi que regresamos a mi hamaca a secarnos con calma el uno al otro (o mejor, el uno en el otro) dejando que la temperatura interna alcanzase en poco tiempo el punto de ebullición. Con su piel como manta y su pecho como almohada encontró Morfeo en mí un cliente agradecido aquella noche, de manera tal, que a la mañana siguiente me encontré abrazado a su ausencia, y sin más testigo que aquella estúpida gaviota que llevaba varios días saqueando mi despensa. 2003-06-01 | Lo dice PaCotilla a las 06:33 | 3 Comentarios | #
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